El dolmen, capítulo 23
Capítulo 23 – La maldición catalana
El pergamino llegó con el alba, envuelto en una tela púrpura. No traía sello. Solo polvo de oro entre las fibras, como si hubiese sido escrito en un templo azteca y soplado desde otro siglo. Don Julián no lo abrió. Lo sostuvo un instante entre los dedos y supo. No por el tacto, ni por la forma, sino por el temblor del aire. Ese temblor que precede a la verdad o a la muerte.
Fue entonces cuando recordó lo que nadie se atrevía a decir en voz alta: ningún hijo de los Reyes Católicos alcanzó el trono.
—La maldición catalana —susurró.
Isabel la hija, muerta al dar a luz.
Juan, el heredero, consumido por la fiebre.
Catalina, enterrando hijo tras hijo en suelo inglés.
Juana, encerrada entre piedras húmedas, sus ojos fijos en un ataúd.
Miguel, el niño que debía unir reinos, ahogado antes de aprender a hablar.
Y luego, Carlos.
Carlos de Gante.
El único que sobrevivió a todos.
Carlos el inmenso. Carlos el deseado. Carlos el maldito.
Hijo de una loca.
Nieto de conquistadores.
El loco imperial.
Desde la piedra sagrada de Valencia de Alcántara, don Julián sintió vibrar el dolmen. No era terremoto, era código. Los portales antiguos hablaban en frecuencias que solo los sabios podían oír. Ese día le susurraron un nombre: Tenochtitlán. Y en su eco traían el alarido de los dioses.
El oro.
No como riqueza.
Sino como símbolo de la voz divina.
El oro que cantaba.
El oro que quemaba.
En 1520, ese oro empezó a sangrar.
Los hombres de Cortés lo fundieron con fuego y con gritos.
Las paredes de la capital mexica se cubrieron de sangre, no por los dioses, sino por la codicia de Europa.
Y ese pecado no se olvidó. El oro lo recuerda. Siempre.
Don Julián viajó a Roma en un pergamino invisible. El cuerpo quedó en la península, pero el alma navegó a través del dolmen. Allí, en el corazón del Vaticano, vio la sombra de lo que venía:
un golem de sangre, nutrido de oro impuro, con el rostro cambiante de los reyes.
Carlos I necesitaba oro para sus ejércitos.
El mundo se le ofrecía como un mapa por conquistar.
Y los alquimistas, los druidas, los cabalistas, todos ellos sabían que el avatar negro ya había nacido.
No en un laboratorio.
Sino en el alma del poder.
Un espíritu sin cuerpo.
Una voluntad hecha carne en los pasillos del imperio.
—¿Qué harás tú, Julián? —preguntó el druida sin rostro en lo alto del berrocal.
—Lo que siempre hice —respondió—. Caminar entre la luz y la sombra.
Y en ese momento, entendió su misión: no destruir al avatar, sino entenderlo.
No enfrentarse al poder, sino denunciarlo desde dentro.
Como un espía del alma, como un bufón sin corte, como un loco que ha leído el futuro en la forma del oro fundido.
Porque el poder no necesita demonios.
Le basta con hombres.
Con hombres dispuestos a poseer a otros hombres.
A arrancarles el nombre.
A hacerles trabajar para él.
A convertir el mundo en una máquina de obediencia.
Don Julián, entonces, encendió una vela en la piedra.
Y juró no derramar sangre.
Pero sí palabra.
Y esa palabra sería más afilada que cualquier daga.
Porque venía del único metal que aún respiraba:
el oro vivo de los sabios errantes.”
