Yo corría.
Corría contra el crono y contra el miedo,
contra la juventud que se escapaba,
contra la voz oscura que insistía
en decirme al oído que parara.
Corría para oír latir la sangre,
para llegar exhausto y todavía
sentirme, pese a todo, dueño humilde
de un pequeño lugar en esta vida.
Corría por amor.
Por los amigos,
por la gente que estaba a mi alrededor,
por regresar del barro de los días
con una chispa intacta entre las manos.
Corría para ser feliz.
Y era cierto.
Porque hay hombres que rezan de rodillas,
otros cantan, otros levantan casas,
y yo durante años recé corriendo
sobre el asfalto gris de las ciudades.
Pero un día el cuerpo dijo basta.
Los tornillos, la espalda, el Parkinson,
la lenta rebelión de los tendones,
el dolor ocupando cada esquina
como un invierno dentro de los huesos.
Y entonces comprendí
que no era el fin.
Que todavía quedaba una distancia
más larga que un maratón entero.
No cuarenta y dos kilómetros de piernas,
sino cuarenta y dos días de resistencia.
Y cambié de camino.
Ahora corro dictándole a la máquina,
dejando que mi voz abra túneles
donde antes escribían las manos.
Ahora corro hablando.
Corro contra el silencio.
Contra el olvido.
Contra la humillación de ver el cuerpo
convertirse despacio en otra cosa.
Corro para seguir estando vivo.
Y descubro, temblando, que la voz
también puede sudar, caer exhausta,
levantarse de nuevo en la penumbra
y cruzar una meta hecha de páginas.
Porque escribir
era esto.
No literatura muerta en un despacho,
no la pose aburrida de los críticos
que jamás entendieron que un poema
puede nacer también desde una herida.
Escribir era al fin
seguir corriendo.
Solo que ahora
la carrera sucede dentro del alma.



