Nadie lo vio llegar.
Ni a él, ni al Aleph.
Solo cuando terminaron la casa, piedra sobre piedra durante dieciocho años,fue que lo notaron
.
Estaba en un escalón.
El tercero bajando desde la calle.
O el segundo.
O el cuarto.
Nadie se pone de acuerdo.
Solo el que se detiene ahí, justo antes de entrar,
sabe que todo está presente.
El primer martillazo.
La risa de los que ya no están.
El cuerpo doblado de Mou olfateando el aire.
La voz de Yolanda nombrándolo todo sin nombrarse.
La escritura futura que aún no existe.
Y el instante exacto en que Carlos agradece,
sin saber a quién.
Ahí está el Aleph.
No debajo de la casa.
No en una biblioteca.
Sino en el corazón mismo de la obra.
Y el guardián del Aleph no lleva túnica.
Lleva casco, barro en los pantalones y mirada buena.
Se llama Juanma.
Y aunque no lo diga,
sabe perfectamente que ha construido mucho más que una casa.
Ha construido un lugar donde todo ocurre al mismo tiempo.
Y quien lo pise con gratitud será bienvenido para siempre.








