Grito al levantarme,
grito al andar,
grito al volver a caer en la cama.
Espasmo al respirar,
espasmo al girar,
espasmo al doblarme como un cuerpo que ya no obedece.
No he cometido delito.
No he declarado ante ningún juez.
No se me ha nombrado abogado.
Y, sin embargo,
cumplo condena.
En la cama,
retorcido de dolor,
sin sentencia escrita,
sin tribunal,
sin absolución posible.
¿Quién dicta esta pena?
¿Quién firma el castigo?
Parece la tortura de un verdugo loco.
Pero no hay verdugo.
Solo este cuerpo en llamas,
y en medio del silencio del universo,
mi grito.




